Toda la atención está puesta en las redes. No es ninguna novedad: hace rato que cambiaron la manera en la que nos relacionamos. Lo que veo es que lo hicieron a tal punto que andamos como caballos con anteojeras. Miramos para adelante, a la pantalla, y dejamos de ver lo que hay alrededor.
Hoy pareciera que «si no estás en redes, no existís». Eso trae una demanda constante: publicar, empujar, sostener. Y las redes tienen dos maneras de mostrar lo que hacemos, la orgánica y la paga. En cualquiera de las dos, las redes nunca pierden.
Entonces millones de personas hacen cualquier cosa con tal de figurar. Ya no importa tanto si lo que se publica es verdad. Importa cuánta reacción puede generar, y qué tan rápido. Lo que hoy es viral, mañana no sabemos ni qué era.
Hasta las relaciones personales parecen ir por ese embudo. Cada uno con su estrategia para figurar. Y en el medio nos estamos olvidando de la vieja escuela: hablar directamente.
Pienso en el viajante. El que venía de lejos, tocaba la puerta y pedía unos minutos para mostrar lo que traía. Uno a uno. Mirando a los ojos.
Hoy la idea parece ser tirar la red y sacar la mayor cantidad de peces posible.
Muchos pueden mostrar el éxito que tienen en redes. Cada vez creo menos en lo que se intenta mostrar, porque el negocio se mudó a la percepción. Ya no vende lo que es, vende lo que parece.
La caja invisible es el algoritmo. Creemos que ponemos nuestro contenido en la nube, a la vista de todos. Pero adentro hay un administrador insaciable que maneja el casino. Y en el casino la casa siempre gana. Aunque tengamos la ilusión de que entre nosotros y los demás no hay nada en el medio, siempre está el algoritmo. No le vamos a ganar. Lo único que hacemos es alimentarlo.
La gente que triunfa en redes existe, claro. Es el caso de Messi: uno entre miles, para que todos sintamos que se puede. Los otros miles no salen en ninguna pantalla.
La utilidad de las redes es innegable y no digo abandonarlas. Digo que no nos hagan creer que son lo único. Mantener los ojos en alto y mirar lo que funciona desde el principio de la humanidad: el contacto directo. Nada reemplaza el valor de una buena propuesta personalizada, de una persona a otra.
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