Si vemos una empresa como un organismo vivo, nos es fácil considerar lo que sucede cuando una parte del cuerpo se resiente.
A todos nos ha tocado alguna vez un esguince, una torcedura de tobillo, algo que nos provocó un dolor profundo.
Vamos caminando y por alguna razón nos torcemos el tobillo. Duele, e inmediatamente se inflama. Queda sensible y con dolor.
Inmediatamente todo el cuerpo tiende a compensar lo que hacía ese pie. Empezamos a caminar rengueando.
Muchas veces, por resistencia a ir al médico, o por decir «ya va a pasar», nos empezamos a acostumbrar a convivir con eso. Alguna vez escuché que es más fácil sufrir que tomar acción.
Aprendemos a convivir con el dolor. Se normaliza, y termina convirtiéndose en «es así».
Lo mismo sucede en las empresas. Cuando hubo alguna situación de dolor, muchas veces se omite hablar de ello, y también abordarlo. Con el tiempo se normaliza, y surge la compensación.
Me tocó participar de un taller de intervención a empresas donde esto se ponía en evidencia. La gente de recursos humanos tenía que insistirles a los líderes para que hablaran con sus equipos, cuando lo deseable era que esto sucediera naturalmente, de manera autónoma.
Quienes se tenían que hacer cargo de la situación principal no lo hacían. Y así todo se iba acomodando, compensando, para mantener esa situación.
Los organismos tienden a la homeostasis para prevalecer. Eso no quiere decir que sea lo deseable bajo cualquier formato.
Lo que haría
La compensación pudo haber sido útil en algún momento. Llegado el caso, es bueno abordar toda la situación.
O al menos, que quienes terminan compensando inconscientemente las falencias o el desorden de la organización puedan reconocerlo. Y dejarlo en manos de los verdaderos responsables.
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